Sobre Antonio José Rivas Aguiluz, un destacado poeta hondureño

   
 El poeta Antonio José Rivas Aguiluz nació en Comayagua en 1924. Estudió Leyes en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) y en la Universidad Nacional de Nicaragua, pero no culminó los estudios. Se ganó la vida como maestro de matemáticas en colegios de la ciudad que lo vio nacer. Además ejerció, durante un tiempo, el periodismo en León, Nicaragua. 

  La poesía de Rivas se puede recoger en la vanguardia, bien impregnada de realismo social, comprometida con la reivindicación de los valores.
El movimiento, que proponía a través de las letras la reivindicación de los valores sociales, marcó un hito en la historia de Honduras

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  Cabe mencionar que Rivas no fue prolífico en cuanto a publicar libros, de hecho solo vio luz su poemario "La mitad de mi silencio", editado por la Editorial Suárez Romero de Tegucigalpa en 1964.
El movimiento, que proponía a través de las letras la reivindicación de los valores sociales, marcó un hito en la historia de Honduras

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   En referido libro, por el predominio de metáforas e imágenes trabajadas con extremo cuidado, el uso de la palabra adquiere un sentido escultórico de altísima calidad plástica que recuerda la rica tradición del barroco español.

  No obstante, el libro suyo, "La víspera del Agua, fue editado de manera póstuma en 1966, un año después de su muerte, acaecida el 14 de abril de1995, justamente un viernes santo.

  Además, el inédito "El interior de la Sangre" se suma a sus escritos.

   Entre sus galardones se cuentan la Flor Nacional en los Juegos Florales de la ciudad de León, Nicaragua, en 1950; y luego el Segundo Premio de Poesía del Club Rotario Hondureño, en 1964. 

  Sumados a estos están el Premio Nacional Poeta metafísico, Calavera de plata de Barcelona (1967) y el Premio de Hispanidad de Barcelona (1968).

  Es, pues, un honor tomarme la atribución de entregarles este entremés de hondureñísima poesía. 


[Mi Patria]

Mi patria es una rosa memorable
sorprendida en el pecho;
siempre que la pronuncio se descubre
que se le besó la frente.

Morazán la eterniza leve y alta,
pero en el mar me pesa.

Mi patria es una niña que aún se busca
detrás de los espejos;
y en la baba de un pez desamorado
se resbala su nombre.

No hay manera mas honda de mirarla
que perdida en mis ojos.


Le oigo su lento mundo de ceniza
y paz deshabitada;
un alto rio irremediablemente
le moja la tristeza;
la sangre se le quiebra en la cintura:
mitad de la esperanza,
y es su cuerpo una alondra sollozada
aunque nadie lo diga.

Mi patria es una lágrima desnuda
que se esconde en los ojos.

Se diría que todas las cascadas
le han bebido la risa.


Yo ni siquiera puedo suspirarla
porque me duele el aire.

La guardo con amor en estas letras:
 

¡Quiero vivir un poco! 


[Pájaro Absorto]

Yo, pájaro sucesivo,
rio de aguas habladas.
Si es querer estar triste,
quiero solo un instante
escaparme del eco de mis cinco sentidos,
volar sobre lo muros
(volar para las aves,
  rio y vuelo en un barco,
ya es morirse dos veces).
Quedar, sin saber cuando
ni donde ni en qué forma,
despojado de todo.
De todo despojado,
mirando el gran poema
desde un pájaro absorto
como un ojo absoluto… 


[Réquiem del pez]

Postal de viento. Ruta peregrina
de tiempo azul y corazón diluído,
sollozo de la arena. Pie derruído.
Revés del aire y de la golondrina.

Hoja de espanto. Curva de alarido
que ni esconde la luz ni la adivina.
Rumbo, centella, longitud marina.
Monograma de pájaro invertido.

Frágil destello. Resbalada idea
que obediente al relámpago aletea.
Paloma oscurecida. Última bruma.

Aguja de las horas escapada.
Aunque nada en el sueño de la nada
le sonríen los astros en la espuma. 


[El silencio]
 
Inefable deidad, luz de puntillas.
De sorprender la delgadez del aire
y el polen original de la caricia
se alimenta su piel.
 
Lleva en sus labios la niñez del alba
desde que un día
la soledad lo enamoró por señas.

Todo se dijo ya para su boca.
Y es así: tan cercano y tan distante,
tan inmenso y tan puro
que se escucha a sí mismo...
 



[Ante un retrato]

Yo no quiero ese lienzo de Picasso.
(El pez del pez. La rosa de la rosa).
No quiero que la luz sea otra cosa
cuando duerme en el sueño de un ocaso.


No. No quiero ese ruedo de fracaso.
Porque si la cornada es poderosa,
equivocada una alusión furiosa
vira, choca conmigo y muero y paso


precisamente a ser lo que no quiero:
la sombra de la sombra. Y siempre muero
en lo convencional de la sorpresa


como muere en el lienzo lo querido,
que es la sorpresa de lo parecido,
aunque en el fondo aplauda la marquesa.
 



[La palabra]

¿Poeta? No. En verdad yo no lo creo.
¿Visionario? Tampoco. Ya he sentido
que al paso que me pierdo en el olvido
la eternidad me roba lo que veo. 


Lo real en mí va siendo así, aleteo
de un ave que volará de su nido
dejándole su extraño parecido
a la palabra (y va de escamoteo).


Que como una ola su revés apura.
Y que, a pesar de todo, es aventura,
tiento. Rotundidad. Cúspide. Abismo. 


¿Metáfora? No. Sangre derramada,
gota a gota, en el tiempo. Y que, aún atada
-y desnuda- a la voz, calla lo mismo.



[La asunción de la rosa]

Luz de rodillas. Circular aroma
que sobre el prisma del color se empina.
Dulce contrasentido de la espina.
rocío de la nube y la paloma. 


Espejo del arrullo. Claro idioma.
Súbito embrujo de la golondrina.
Palma que limpia el alba y la destina
para la piel del ángel que se asoma. 


Ala de nieve en redimido vuelo.
Por la espina la cruz se adhiere al cielo
y el viento sabe de lucero erguido.


Gota de luna que en su mundo asume
la península breve del perfume
que es el amor que se quedó dormido.


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