Poesía de Livio Ramírez Lozano




Livio Ramírez, durante la presentación de su última obra, de Pinos y otros Árboles del Reino


Livio Ramírez, nació en Olanchito, Depto. de Yoro, Honduras, 1943. Poeta, ensayista, catedrático e investigador universitario. Autor de los libros de poesía: Sangre y Estrella, Arde como fiera, Descendientes del fuego, Personajes y otros poemas y Columna que fluye. Fue miembro del taller Universitario de la UNAM, 1968, dirigido por Juan Bañuelos. Integró también el movimiento punto de partida, junto a destacados escritores mexicanos. En 1971 fundó el Primer Taller Universitario de poesía en Honduras. Es Premio Internacional de Poesía Platero, 1980, Ginebra Suiza. Premio Nacional de Literatura 2000. Premio Nacional de Letras José Trinidad Reyes 2002, de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, UNAH. Es académico de la lengua. Realizó estudios en Europa, estudios doctorales en derecho y postgrado en Sociología Política y Altos Estudios Internacionales. Exdirector General de Cultura. Autor de una obra ensayística temáticamente diversa.



De: Arde como fiera

Algunos tendrán miedo
De romperse los ojos
e inventarán ángeles falsos
que digan el poema
pero otros seguirán escribiéndolo
con los últimos huesos
frente al horror
inmensos
sin poder detenerse
ante el infierno creado
o los posibles hijos de la muerte.

Qué importa... 

Qué importa 
esta cara de mártir barato
la inútil personal
cabrona muerte
huyo de mi posible santidad
quemo el templo 
que mi propio dolor construye
corro sobre mis huesos
hasta llegar aquí
donde el dolor de todos

como mar brutalmente humano
arde como fiera

Muerdo mi propia sangre...

Muerdo mi propia sangre
diariamente
cada instante
pregunto a mis verdades
me escucho
con profunda desconfianza
toco a muerte
el íntimo tambor
a ver si no se rompe
con mi nombre
llamo traidor al ojo
si no llega al subsuelo de la imagen
practico la acrobacia del yo mismo
en el fondo la vida es cuestión de saltos mortales 


Bajo la noche funeral... 

Bajo la noche funeral
los jóvenes masacrados seguían temblando
todos tenían en los ojos
más o menos el mismo recado
no nos olviden
véngame
te amo 

Un hombre dice amor... 

Un hombre dice amor
de mil maneras
y le dan el horror a cucarachas
míralo ahora
roto bajo el aire
algo quiere decirte
escucha
fíjate
pudiera ser que el hombre seas tú mismo
y es otro el que va dentro de tu traje 


Del cuerpo asesinado... 

Del cuerpo asesinado
salieron al final
fieras
y fieras
flechas de puro amor
la luz con garras
buscaban
hombres nuevos y coléricos
pero el mundo fue igual
y murieron rugiendo 

Hay hombres de callado Apocalpsis... 

Hay hombres de callado Apocalipsis
su tiempo es una lenta navaja de semanas
aman un aire muerto
y unas veces
se puede ver sobre sus ojos rotos
una enorme niñez asesinada 


De: Descendientes del fuego

Los amantes

Los amantes
Descendientes del fuego
los amantes son niños salvajes
ferocísimos seres
que no atacan a nadie
descendientes del fuego
no miran
no tienen  sentido de la distancia
se precipitan an sí mismos
de ceguera y fulgor están armados

II

Estás desnuda;
La tierra olvida su ballet
nada se mueve
nada existe:
solamente tu cuerpo
ante mi ojo de cíclope hechizado:
eres
una sed extendida de los pies a la frente
desde ti
una primavera furiosa nos reclama:

III

Iluminas la noche con tus senos
cuerpo como la vida.
A fuego lento
ardes
para que yo te encuentre.
Tendida
extendida
eres la tierra abierta:

IV 

Es el verano que ama el cuerpo de la noche
sonríes
con dulcísimos relámpagos
el solo sueña extendido
sobre tus hombros de cristal
estás viva
es humana la luz
el tiempo te obedece
en tu rostro resplandece mi vida
bajo  mis manos creces
tu esplendor te desborda
la estación cabe en tus pechos
fiera de insomnio
el mar vigila
el curso de tu sueño
todo fulgor del día mana de tus cabellos
el árbol del deseo
extiende tus oleajes
isla blanca tu espalda
vía láctea tu cuerpo
háblame con tus labios maduros
háblame
destruye dulcemente
el espacio que odiamos
pronuncia esa palabra que me saca el tiempo. 


De: Escritos sobre el amanecer

Quiero escribir la vida de golpe.
Quiero que griten mis amigos muertos,
quiero que salgan de la tierra,
puros, como relámpagos.
“Quiero escribir pero me sale espuma”.
Así es, César Vallejo,
pero me salen los asesinados
y más espuma
y más asesinados
y más país de muerte atravesado.

Digo que eres

Digo que eres
mi atigrada columna que fluye.
Árbol de guerra. Árbol que embiste y aletea.
Sol absoluto, nuestro, que devoras los ojos
para poder seguirte.
Largo río de fuegos
Donde al verme contemplo y soy la multitud.
Lava donde sí corre mi verdadera imagen.
Lectura y escritura de uno mismo.
Eres el resplandor que emana
de esta hondonada.
Efulgencia invencible de las entrañas.
Domicilio de toda nuestra rabia.

Digo que la poesía 

es el único documento personal que poseo.
Carezco de otro medio de identidad.
Digo que eres mi centro enllamarado.
Mi código de fuego.
Mi texto de aullidos.
Explosión queridísima donde escucho la vida.

Arma para vivir.
Mirando el curso de mis días,
hoy me he detenido a estallar,
a crecer duramente
entre reglas de juego.
A mis espaldas ruge Madrid.
Veo su cielo aún invicto entre la polución
y el veneno de los anuncios luminosos.
Está a punto de hundirse sobre el amanecer.
Tengo un poco de fiebre.
(Casi es nada, me digo,
con la amabilidad de un fantasma).

Escrito sobre el amanecer 

“Amado mundo podrido”
“País asesinadísimo”
Cavando en las palabras.
Metido en ellas como si fueran minas,
pozos peligrosísimos,
arenas movedizas
donde espero encontrarme,
hincándoles el diente
con voluntad animal,
arrancándomelas de la boca
como algas abominables,
abriéndolas en dos,
enterrándolas,
reviviéndolas a golpes de poesía,
a puntapiés que doy con el corazón;
metido en las palabras
miro mis armas fatigadas:
 

 

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